El acoso telefónico es
una de las prácticas de control y miedo más utilizadas tanto por
acosadores como por exparejas. La impunidad y la falta de denuncias y
sentencias condenatorias convierten el acoso en algo invisible y casi
gratuito. Un grupo de mujeres que sufrieron acoso por parte de un mismo
hombre durante un año llevaron a juicio a su acosador. Resultó culpable.
¿Su condena? Una multa de 70 euros. A Carla su acosador le envió
mensajes durante casi diez años. Ella denunció y ganó el juicio. Él,
después de cumplir una orden de alejamiento de 6 meses, volvió a la
carga.
“La primera vez, yo estaba durmiendo en casa de mi prima Idoia.
Llamaron a mi teléfono y empezaron a jadear y a decir cosas que me
dejaron el estómago encogido. Cosas sobre la ropa que había llevado
aquella noche, el escote, los pechos, mi culo… Todo. Eran las cuatro de
la mañana y acabábamos de volver de fiesta y meternos en la cama.
Estábamos solas en casa. Colgué después de preguntar unas 20 veces quién
era. La voz estaba distorsionada y me llamaba por mi nombre mientras
jadeaba. Me puse muy nerviosa. Me asusté. Al rato llamaron al teléfono
de Idoia. La misma operación… Fuera quién fuera sabía que estábamos
juntas. Nos conocía a las dos. El número aparecía oculto. Esa noche
dormimos juntas en la misma cama para sentirnos más seguras. Cerramos la
puerta con llave. Nos asustaba pensar que sabía que estábamos en casa y
juntas”.
Durante un tiempo sospecharon de todo el mundo. Si
estaban solas o volvían a casa de noche, miraban hacia atrás con recelo.
Tenían miedo. Desconfiaban incluso de gente conocida. Les daban
escalofríos las miradas de desconocidos
El sábado siguiente, Idoia P. y Laura A. salieron por la misma zona y
con la misma gente. Cuando llegaron a casa, se repitió la llamada.
Primero, a Laura. Después, a Idoia. Más jadeos, más miedo. Las llamadas
se repitieron durante un año de forma intermitente. Nunca supieron de
quién se trataba. Nunca han sabido quién jadeaba mientras repetía sus
nombres. No se atrevieron a denunciar. Durante un tiempo sospecharon de
todo el mundo. Si estaban solas o volvían a casa de noche, miraban hacia
atrás con recelo. Tenían miedo. Desconfiaban incluso de gente conocida.
Les daban escalofríos las miradas de desconocidos. Las dos cuentan que
hubo gente que restó importancia a aquellas llamadas nocturnas. Estas
dos bilbaínas tenían apenas 20 años cuando pasó. Hoy, con 31, Laura lo
recuerda con indignación: “¿Por qué no hicimos nada?”
Ane sí lo denunció y sí llegó a saber quién era. Se trataba de un
compañero de un curso de diseño gráfico. “Las llamadas eran constantes,
repetitivas y estaban hechas desde un número oculto. Al principio,
llamaba y se quedaba callado; más tarde comenzó a gemir. Se masturbaba.
Duró un año y medio”. Ane prefiere no dar su apellido y quiere olvidar
este episodio que ha vivido con mucha impotencia.
Un despiste del acosador (no ocultó el número) hizo que Ane lo
descubriera. Después, supo que no era la única: dos mujeres más del
mismo círculo estaban sufriendo acoso telefónico por parte del mismo
hombre. Se unieron las tres, denunciaron y ganaron el juicio. La condena
por acosar telefónicamente a tres mujeres durante años fue de 70 euros.
Ante la sentencia, las mujeres que sufrieron el acoso decidieron hacer
una denuncia pública en la que relatan su historia*.
Ane dice que todavía es imposible cuantificar el número de chicas
acosadas: “Siete apoyan el comunicado, pero me han contado unos 10
casos. Cuando denunciamos, supimos que había denuncias anteriores a la
nuestra”.
Carla también denunció
“Además de retrasada eres una ridícula
![;)]()
Todos se ríen de ti, jaja. Dedícate a pedir propinas y a comprarte colonia, que siempre olías mal (…) jaja…”
Este es uno de los miles de mensajes que han perseguido a Carla
durante casi una década. Todo empezó en la universidad. “La locura de
los mensajes, en 2005. En el juicio, le impusieron una orden de
alejamiento de 6 meses. La respetó y, después, me volvió a escribir. Ya
le he bloqueado varios números diferentes, y ahora me manda mensajes de
vez en cuando. El último fue antes de la Navidad”.
“Un día me escribió diciendo que me había visto en
un bar y que no se había acercado. Está tan obsesionado conmigo que
igual un día se le va la olla y me hace algo”
En su caso, la multa que pagó el acosador fue de 600 euros. Los días
posteriores al juicio le escribió: “Y si al final hay que pagar, no pasa
nada, son dos pesetas y siempre te pueden venir bien”.
Carla explica que durante todos estos años ha sentido “impotencia,
rabia y crispación cada vez que recibía un mensaje. Ha habido momentos
que me enviaba hasta 5 al día”.
Todas las entrevistadas coinciden en haber sentido miedo en algún
momento. “Un día me escribió diciendo que me había visto en un bar y que
no se había acercado. Está tan obsesionado conmigo que un día se le va
la olla y me hace algo”, explica Carla.
Una de las cuestiones más duras para ella fue pasar por el trago de
verle cara a cara en el juicio. “Estaba acompañada de mi pareja, mi
expareja y los dos abogados. Estuvimos muchísimo tiempo esperando a que
empezara el juicio y tenerle enfrente, con esa sonrisa en la cara… No
está bien que en un caso de estos tengas que ver cara a cara a la
persona que te acosa”, denuncia Carla. Ane, por su parte, se encuentra
con su acosador por el barrio: “Él, desafiante, no aparta la mirada”.
Ane dejó de recibir llamadas. Carla no ha conseguido que la deje en paz.
“Oye, no seas tonta. Ahora no tengo novia. Nos lo vamos a pasar
bien.” Este es otro de los mensajes que Carla ha recibido durante todo
este tiempo. Lo más duro es asumir, según expresa, que una persona entre
en tu vida “para humillarte y molestarte y tú no puedas hacer nada para
evitarlo”.
Alguna vez le han recomendado cambiar de número para evitarlo. “A lo
mejor estoy equivocada, pero no entiendo por qué soy yo la que tengo que
cambiar algo de mi vida cuando el problema lo tiene el otro, en vez de
que alguien haga algo para que este tipo deje de molestarme. Es decir,
te pasan la responsabilidad de dejar de recibir mensajes a ti”.
En el juicio solo sirvieron como prueba los mensajes de los dos
últimos años y tampoco tuvieron en cuenta la declaración de la expareja
de Carla. Para ella, uno de los agravantes de la situación era
evidenciar que el acoso se había alargado en el tiempo, pero no fue
posible. “Eso denota que esa persona tiene una obsesión conmigo y es lo
que me hace sentir que un día podría pasar algo”. “El juicio consistió
en probar si yo le había dejado claro en algún momento que no quería
hablar con él, y ver si en sus mensajes había insultos o humillaciones”,
concluye Carla.
Acoso telefónico a mujeres migrantes: normalización e impunidad
Sortzen, consultora especializada en violencia de género, desarrolló una
investigación sobre agresiones sexuales
y cómo se conciben en la sociedad. Se creó entonces un grupo de
discusión de mujeres migrantes y una de las conclusiones que extrajeron
era que una de las tres agresiones más comunes que ellas sufrían era el
acoso telefónico “a las mujeres que se anunciaban para ofrecerse en
trabajos domésticos u otro tipos de anuncios callejeros o en prensa”.
Llamadas obscenas, jadeos, invitaciones sexuales y
propuestas como “Hazme las tareas de casa desnuda”, “Limpia en mi casa,
pero en ropa interior”, “Te contrato si te acuestas conmigo”
Norma Vázquez, psicóloga y directora de Sortzen, asegura que “existe
impunidad en el acoso telefónico y una normalización peligrosa. Parece
que no pasa nada porque existe la falsa creencia de que tienes el
control porque puedes colgar el teléfono” .
Llamadas obscenas, jadeos, invitaciones sexuales y propuestas como
“Hazme las tareas de casa desnuda”, “Limpia en mi casa, pero en ropa
interior”, “Te contrato si te acuestas conmigo”. Todo esto salió en el
grupo de discusión organizado por Sortzen. Además, muchas de las mujeres
no podían cambiar el teléfono por el coste y por estar ligado a sus
trabajos y medio de vida y, en algunos casos, por no tener papeles.
“Se olvida que una tiene derecho a que no se metan en su intimidad,
en su teléfono móvil, en su derecho a comunicarse en libertad”, explica
Vázquez. “Hay situaciones de acoso telefónico en las que la acosada pasa
verdadero pánico”.
En Sortzen consideran que la solución pasa por la denuncia. “Se deben
poner denuncias y saturar los juzgados si hace falta para que algún día
la sociedad entienda que estos comportamientos no son tolerables. La
denuncia pública también es fundamental para generar una opinión y que
se sepa que esto genera molestia, miedo y, a veces, pánico”, dice la
psicóloga, quien lamenta que mucha gente entienda estas llamadas como
juegos, como un piropo: “No tiene porqué aguantarlo ninguna mujer”.
Lee la ‘Denuncia pública de las agresiones y del acoso ejercido por David Reguilón Pérez, alias Ras Reguilón, a muchas de nosotras’
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